La nieve caía de forma intensa, cubriendo todo a su paso y provocando que el camino, que se retorcía entre riscos afilados, estuviera resbaladizo. El viento helado azotaba el carruaje con tal fuerza que hacía crujir la madera, mientras los cascos de los caballos resbalaban de vez en cuando sobre el hielo. Afuera la ventisca devoraba el paisaje y apenas permitía distinguir el borde del precipicio.
De repente, el carruaje se sacudió con violencia y se inclinó peligrosamente hacia el vacío.
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