Alec no podía dejar de mirarla; incluso después de lo que había hecho, cada uno de sus movimientos conservaba un aire aristocrático. Aquella frialdad volvía la escena aún más perturbadora y, aun así, le resultaba imposible apartar la vista.
Kaelrya sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su pantalón y se limpió la mano con lentitud, observándolos como si no fueran más que insectos indignos de su atención. Luego, sin apartar la vista de ellos, avanzó hacia el pequeño grupo.
Pasó por encima del ca