El cuerpo del licántropo aún se estremecía en el suelo cuando el aroma territorial de Kaelvar se extendió por la habitación, obligando a que los soldados apostados en el umbral se tensaran de inmediato.
Kaelrya no cambió de postura, pero sus dedos se crisparon, alerta ante cualquier movimiento.
Sin embargo, el anciano no apartó la mirada del soldado. Sus labios seguían curvados, disfrutando no solo del sufrimiento que le estaba provocando, sino también de aquello que obtenía con ello.
—Es nuest