Un rayo de sol se coló entre las cortinas que danzaban con la brisa, dándole de lleno en la cara a Leo. Se cubrió los ojos con una mano, mientras le latía la cabeza, y emitió un gemido.
Intentó darse la vuelta para alejarse de la luz y seguir durmiendo, pero un peso sobre el brazo lo detuvo.
Frunció el ceño y abrió los ojos lentamente; lo primero que vio fue un rostro muy cerca al suyo, demasiado para su gusto, por lo que tardó unos segundos en reconocerlo.
—¡AH!
Un grito escapó de sus labios