Serethia observó de un lado a otro, con el corazón golpeándole en el pecho y resonando en sus oídos. Estaba en el jardín norte, acurrucada cerca de unos rosales, esperando que ninguno de los saldados —que a veces pasaban— escucharan sus incontrolables latidos.
La hierba crujió muy cerca; por reflejo, se encogió aún más en su lugar y se rasgó la mejilla de forma superficial con una espina. Se cubrió la boca para reprimir un gemido y se mantuvo todavía más alerta.
Desde su escondite, distinguió u