Serethia intentó disimular la expresión de desagrado que casi se le formaba cada vez que se llevaba el tenedor a la boca. La comida, como siempre, se veía apetitosa, pero cada bocado sabía a tierra y se le atoraba en la garganta como si fueran piedras.
Los retorcijones estomacales solo empeoraban la situación, volviéndole cada vez más difícil la tarea de mantenerse erguida.
Sin embargo, cuando la doncella la miraba con sospecha, sonreía y volvía a llevarse el cubierto a los labios, simulando de