—Eres la única que me queda, Liora, no puedes pedirme eso —susurró, y apretó de forma suave la mano de su dama; sus dedos temblaban al aferrarse, como si temiera que desaparecería si la soltara, aunque fuese un poco.
Siempre habían estado juntas y, si bien la dejó una vez, fue porque estaba segura de que no sería dañada por su causa.
La aludida, movió los labios, como si hubiese olvidado momentáneamente que ya no podía hablar. Al percatarse de su error, volvió hacer otro movimiento negativo co