El sol filtraba sus dedos dorados entre las ramas del bosque cuando llegué al claro. El entrenamiento con las hembras del clan comenzaba temprano, y aunque mi cuerpo aún se resentía de las exigencias físicas del día anterior, algo en mí estaba inquietamente emocionado. Como una corriente bajo la piel, como si mi lobo —ese que aún se negaba a mostrarse— supiera que era importante estar allí.
Me estaban aceptando. O eso quería creer.
—¿Lista para ensuciarte las uñas, princesa? —gruñó Nerya, la he