La puerta de su cabaña estaba entornada.
Eso, en sí mismo, era raro. Aiden no dejaba nada sin asegurar. Ni su territorio, ni sus emociones, ni —mucho menos— su espacio. Era meticuloso hasta el punto de rozar lo paranoico. Lo sabía porque lo había observado, como quien espía a un depredador hermoso y peligroso desde la maleza, con una mezcla de fascinación y autopreservación.
Pero esta tarde, el Alfa no estaba. Y la puerta... estaba esperándome.
No sé en qué momento mis pies decidieron moverse s