La brisa olía a mentira. A juicio disfrazado de tradición. A trampa.
Cuando me pusieron de pie frente al círculo de ancianos, lo supe antes de que hablaran. Mi segunda prueba no era una evaluación, era una sentencia. Y aun así, me quedé quieta, la barbilla alzada, fingiendo que la furia no me hervía por dentro.
—Cruzarás la frontera —anunció el más viejo, el que tenía la voz que crujía como corteza seca—. Irás al Valle de Sangre y traerás la flor del lamento. Si vuelves con ella… tendrás nuestr