En el campo de batalla, el humo rojo se deslizaba entre las casas como un depredador satisfecho, envolviendo cuerpos, apagando voluntades, convirtiendo guerreros en acólitos sin alma.
Jarrión avanzaba al frente, con los ojos teñidos de carmesí, guiado por una furia que no era suya.
A su lado, Ronan —o lo que quedaba de él— caminaba con la postura rígida de un cadáver animado.
El Quebrantador lo poseía por completo.
Los habitantes que aún resistían gritaban, pero el humo rojo los alcanzaba, los