El rugido del valle no se apagó.
Ni siquiera después de que la luz del templo explotara.
Ni siquiera después de que el Guardián declarara que destruiría el valle si era necesario.
Ni siquiera después de que el aire se quebrara como cristal.
Lyra cayó de rodillas.
La joya ardía tanto que le quemaba el pecho por dentro.
Kaelys gritaba, pero su voz sonaba lejana, distorsionada, como si viniera desde el fondo de un pozo.
Lucian cayó a su lado.
La semilla del espíritu rugía como un animal atrapado.