La oscuridad del portal la escupió a Selira como un susurro maldito.
Ella cayó de rodillas sobre la hierba blanca del valle entre mundos, respirando hondo, con los ojos muy abiertos.
El aire era distinto.
Más puro.
Más antiguo.
Más vivo.
Y ella sonrió.
—Lo logré… —susurró, con una mezcla de triunfo y delirio—.
Maestro… estarás orgulloso.
El Quebrantador.
Su amo.
Su dios.
Su condena.
Imaginó su rostro —si es que podía llamarse rostro— cuando supiera que ella había encontrado el valle.
Imaginó su