El bosque ardía en silencio.
No con fuego.
Con humo rojo.
Kaelthar corría con Alistair en brazos, el cuerpo del mago tan liviano como si estuviera hecho de ceniza.
Lyra iba a su lado, sosteniendo a Lucian por el brazo, mientras Yanna abría camino entre las raíces y las piedras.
El templo estaba a unos pasos.
Pero el humo también.
—¡Rápido! —jadeó Kaelthar—. ¡No nos dará más tiempo!
Lyra miró hacia atrás.
El bosque entero parecía contener la respiración.
Cada hoja, cada rama, cada piedra estaba