Los ojos de Alistair no parecían ser de alguien que estuviera vivo.
Eran dos brasas líquidas, dos pozos de humo rojo que parecían observarlos desde un abismo.
Lyra sintió que el aire se congelaba.
Lucian dio un paso adelante, instintivo, protector.
Kaelthar, incapaz de ver el humo, solo vio a su maestro retorcerse como si algo invisible lo desgarrara desde dentro.
—¡Maestro! —gritó, intentando sostenerlo.
Pero el cuerpo del mago se arqueó con una violencia que no pertenecía a este mundo.
Lyra s