El caos estalló como un trueno.
Los primeros soldados infectados se lanzaron contra sus propios compañeros con una ferocidad que no pertenecía a ningún humano. Sus movimientos eran erráticos, pero precisos, como si una mente ajena guiara cada golpe.
Los no infectados intentaron mantener la formación, pero el miedo los quebraba desde dentro.
—¡Mantengan la línea! —gritó el capitán.
Pero la línea ya estaba rota.
Un soldado infectado se abalanzó sobre su propio hermano de sangre.
Lyra lo vio todo