El caos estalló como un trueno.
Los primeros soldados infectados se lanzaron contra sus propios compañeros con una ferocidad que no pertenecía a ningún humano. Sus movimientos eran erráticos, pero precisos, como si una mente ajena guiara cada golpe.
Los no infectados intentaron mantener la formación, pero el miedo los quebraba desde dentro.
—¡Mantengan la línea! —gritó el capitán.
Pero la línea ya estaba rota.
Un soldado infectado se abalanzó sobre su propio hermano de sangre.
Lyra lo vio todo desde la distancia, impotente.
—¡Detente! —gritó el hermano no infectado, retrocediendo—. ¡Soy yo!
El infectado sonrió.
Una sonrisa torcida, antinatural.
—Siempre fuiste el favorito —susurró, con una voz que no era suya—. Mamá nunca me miró igual.
El hermano no infectado vaciló.
Ese instante bastó.
El infectado hundió la hoja en su abdomen.
El grito se perdió entre el estruendo de la batalla.
Lyra sintió que el estómago se le hundía.
No era solo una batalla.
Era una masacre emocional.
Kaelthar a