La cueva olía a sangre, ceniza y humo apagado.
Lucian seguía de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo, respirando con dificultad. Aunque el humo rojo había abandonado su cuerpo, temblores residuales recorrían sus brazos y su espalda, como si algo invisible siguiera aferrado a él. Cada vez que cerraba los ojos, un eco interno —un susurro lejano— insistía en no apagarse.
Lyra, a unos pasos de distancia, brillaba de forma intermitente. La luz lunar que emanaba de su piel no obedecía a su vo