El bosque seguía temblando por el grito que Lucian había dejado escapar.
Lyra aún lo sostenía, rodeándolo con los brazos como si pudiera evitar que se desmoronara.
Kaelthar permanecía a su lado, tenso, con los colmillos expuestos, vigilando cada sombra.
Aun no sabía qué pensar de su hermano, si valía o no salvarlo.
Eso no cambiaría su determinación de librar a este mundo del sufrimiento que provocaba la infección de El Quebrantador, su arma más efectiva, La Cadena Roja.
Y su más fiel servidor: Ronan.
El alfa cruel seguía cubierto por la penumbra de los árboles, satisfecho, como si hubiera encendido una mecha que nadie podría apagar.
Fue entonces cuando Evadne llegó al claro.
Su respiración era entrecortada, pero sus ojos estaban llenos de una determinación que no había mostrado en años.
Tenía que salvar a Lucian, por él, por su pueblo perdido.
Y por Ione, a quien, de alguna manera, le estaría fallando.
—No hay tiempo —dijo sin preámbulos, levantando una bolsa de la que se filtraba una