La arrogancia de Ronan estaba herida, cargada de la impotencia de ver a aquella mujer sonriente y triunfante.
Como si ella tuviera el poder.
Como si él no fuera el Alfa de Fuego de Bruma.
Recordó cómo, hacía apenas unas semanas, Lucian se la había entregado como una ofrenda de paz, como si fuera un objeto prescindible, un pago por haberlo abandonado en medio de la batalla.
Althea, ese era el nombre que le había dado.
La esclava que obtuvo tras dejar en cenizas Luna Silente.
¡Y ahora la llamaban Lyra!
¡Ja!
La princesa de la manada enemiga.
Nada más ni nada menos que la heredera de Luna Silente.
Aquella mujer a la que había buscado entre los escombros de una manada en ruinas… y que, al final, había estado resguardada bajo la protección del propio príncipe de Fuego de Bruma.
La princesa alfa, que, según sus espías le habían dicho, podría ser un eslabón más en la cadena roja.
Veía la traición en cada paso que había dado y ahora se preguntaba si el poder que había despertado no era más que