Ronan caminaba de un lado para el otro frente al templo, como un animal enjaulado.
Cada paso era pesado. Cada respiración, un gruñido contenido. La rabia le recorría la piel como un veneno espeso, filtrándose por cada poro, impregnándolo todo con una furia que parecía no tener fin.
Sus ojos, inyectados de sangre, permanecían fijos en la figura que lo observaba desde el interior.
Lyra…
—o lo que quedaba de ella.
Las pupilas multicolor brillaban como fragmentos de luna rota, reflejando una concie