Ronan caminaba de un lado para el otro frente al templo, como un animal enjaulado.
Cada paso era pesado. Cada respiración, un gruñido contenido. La rabia le recorría la piel como un veneno espeso, filtrándose por cada poro, impregnándolo todo con una furia que parecía no tener fin.
Sus ojos, inyectados de sangre, permanecían fijos en la figura que lo observaba desde el interior.
Lyra…
—o lo que quedaba de ella.
Las pupilas multicolor brillaban como fragmentos de luna rota, reflejando una conciencia que no pertenecía del todo a ese cuerpo. Kaelys respiraba a través de ella, se movía con su carne, sentía con sus nervios.
Y Ronan lo sabía.
Lo sentía en la Cadena Roja, que se agitaba inquieta por su piel y alrededor de su brazo, como un animal herido que ya no reconocía a su amo.
—Tu destino es estar conmigo —escupió Ronan, golpeando la barrera de luz con el puño—. Servirme. Alabarme como al Rey Alfa. Ese ha sido siempre el destino de todo aquel que haya poseído la Cadena Roja.
El impacto