La carpa de guerra del campamento de Fuego de Bruma estaba saturada de humo, sudor y hierro viejo. El murmullo constante de los generales —bajo, tenso, cargado de estrategia y ambición— se mezclaba con el crepitar de las antorchas, que proyectaban sombras irregulares sobre los mapas extendidos en la mesa central.
Ronan no escuchaba.
Su mirada estaba fija en un punto inexistente, más allá de las telas tensas de la carpa, más allá incluso del campo de batalla que se avecinaba. Algo se había removido en su interior. Algo antiguo. Algo que no obedecía a la razón ni a la guerra.
El poder de la sombra oscura despertó con violencia.
No fue una sensación súbita, sino una invasión lenta y corrosiva, como un veneno que recorría sus venas, quemándolo desde dentro. Ronan apretó los dientes. Reconocía ese llamado.
Lo había sentido antes, cómo cada minúscula parte de su ser sucumbía ante la voluntad de aquel deseo.
Era la llamada de lo que le pertenecía… y había sido arrebatado.
Las ruinas de Luna