El río avanzaba lento y oscuro bajo la luna velada, como una herida abierta que se negaba a cerrarse.
La esmeralda descendía en suaves espirales, girando sobre sí misma mientras la corriente la reclamaba.
Su brillo verde se atenuaba a cada palmo, el pulso rojo en su centro se ralentizaba más y más, como si la luz que la habitaba comprendiera que estaba siendo arrancada de su destino.
Durante un segundo, el agua pareció resistirse.
Luego, la joya desapareció en la negrura.
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Lyra cayó de rodil