El río avanzaba lento y oscuro bajo la luna velada, como una herida abierta que se negaba a cerrarse.
La esmeralda descendía en suaves espirales, girando sobre sí misma mientras la corriente la reclamaba.
Su brillo verde se atenuaba a cada palmo, el pulso rojo en su centro se ralentizaba más y más, como si la luz que la habitaba comprendiera que estaba siendo arrancada de su destino.
Durante un segundo, el agua pareció resistirse.
Luego, la joya desapareció en la negrura.
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Lyra cayó de rodillas sobre la piedra resquebrajada de la antigua habitación. El impacto fue seco, pero el dolor verdadero no vino del golpe.
La marca.
El fuego estalló en su brazo como una llamarada viva. No fue un ardor superficial, sino una sensación profunda, visceral, como si algo hubiera sido arrancado de su interior con violencia. Lyra jadeó, apoyando la mano sana contra el suelo, mientras su visión se nublaba.
Era pérdida.
Era vacío.
Era un grito silencioso que resonaba en su sangre.
Ronan la observaba