La penumbra de la mazmorra respiraba como una criatura viva.
El aire húmedo se aferraba a la piel de Lyra, mezclado con el olor metálico de la sangre seca, del óxido y de recuerdos que jamás debieron despertar.
Cada músculo de su cuerpo protestaba por el arrastre, por los golpes, por la humillación reciente. Aun así, cuando aquella voz surgió desde las sombras, clara y firme, su corazón se detuvo por un segundo.
—No te preocupes. He venido a rescatarte.
Lyra alzó la cabeza con dificultad. La si