La marcha hacia la sala del Alto Consejo no era un camino: era un arrastre.
Ronan la sujetó del brazo sin la menor intención de ocultar su furia. Sus dedos se hundieron en la piel de Lyra con tanta intensidad que sintió cómo el calor de su sangre se mezclaba con la de él. No caminaba; era jalada como un objeto, como un error que debía ser castigado.
Pero había algo nuevo.
La rabia de Ronan tenía capas.
Capas que Lyra reconoció instintivamente.
Rabia por haber sido interrumpido.
Rabia por la magia.
Rabia por el símbolo.
Rabia por Lucian.
Rabia por ella.
Pero debajo de todo eso, debajo de ese monstruo que había aprendido a temer desde dos vidas atrás… había algo más.
Miedo.
Un miedo primitivo.
Un miedo que lo sacudía como si intentara contener algo más grande que él mismo.
Lyra lo percibió en la tensión de su brazo, en la forma en que respiraba demasiado rápido… como si temiera perder el control.
“¿Qué te está pasando, Ronan…?”
Ella no recordaba nada así en su vida pasada.
Nunca