Algo cambió en el aire.
Lyra lo sintió primero: un estremecimiento suave, como si el valle inhalara después de siglos de contener la respiración.
Lucian y Kaelthar lo percibieron también, tensando los músculos.
Incluso Alistair levantó la cabeza, como si un murmullo antiguo hubiera rozado sus oídos.
Las bestias del valle —aún arrodilladas, aún temblorosas— comenzaron a moverse.
No para atacar.
No para huir.
Se miraron unas a otras, inclinando sus cabezas enormes, como si compartieran un pensami