El agua putrefacta les llegaba hasta el pecho.
Selira avanzaba con dificultad, cada paso un esfuerzo, cada respiración un recordatorio del hedor que impregnaba el aire. La alcantarilla era un túnel estrecho, oscuro, donde el eco de sus movimientos se mezclaba con el goteo constante de los desechos que corrían a su alrededor.
Jarrión iba delante de ella.
No hablaba.
No miraba atrás.
Solo avanzaba, sin descanso, sin pausa, como si conociera cada recodo del laberinto subterráneo.
Arriba, en las ca