Selira corría entre callejones estrechos, respirando con dificultad.
El hombro le ardía.
La bruma dorada temblaba alrededor de ella, pero no respondía.
No obedecía.
No la protegía.
Y la gente…
la gente que alguna vez había sido su ejército…
la perseguía.
—¡Ahí está! —gritó alguien—. ¡La bruja dorada!
Selira se volvió, intentando invocar la bruma.
Nada.
El humo dorado se dispersó como polvo inútil, como si hubiera perdido interés en ella.
La multitud avanzó con piedras, palos, herramientas oxida