La joya brilló.
Y en el mismo segundo, toda criatura formada de humo —rojo o ámbar— retrocedió como si un fuego invisible le hubiera lamido la piel.
El aire vibró con un zumbido antiguo, un pulso que no pertenecía a ningún mundo conocido.
La luz no era solo cegadora.
Era purificadora.
Era sentencia.
Y tanto Selira como El Quebrantador lo sabían.
El primero en reconocer lo que se alzaba detrás de la figura de Lyra no fue Lucian, ni Kaelthar, ni siquiera Alistair.
Fue El Quebrantador.
Su cuerpo m