Lucian estaba de rodillas junto al cuerpo de Luvian, sosteniéndolo como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.
El joven lobo respiraba con dificultad, cada exhalación un gemido ahogado que le desgarraba el alma.
La piel de Lucian estaba cubierta de polvo, sangre seca y desesperación.
—Lyra… —susurró, con la voz rota—. ¿Dónde estás?
El remordimiento lo devoraba.
Había perdido de vista a la única persona que no podía perder.
La única que no debía perder.
El Guardián había sido claro.
Él