Un rugido tan doloroso como apagado se extendió por el valle, vibrando en la bruma como un presagio antiguo.
No era un sonido vivo.
Era el lamento de una bestia herida, desgarrada, que agonizaba entre mundos.
La grieta bajo Kaelthar se abrió un palmo más, dejando escapar un resplandor plateado que parecía querer devorarlo.
La luz se enroscaba en sus piernas, subía por su torso, tiraba de él como si fuera un imán que reclamaba lo que le pertenecía.
Lyra gritó su nombre.
La joya en su pecho ardió