La madrugada antes de la marcha fue de ritos pequeños: nudos reforzados, sellos marcados con cera, antorchas nuevas. En la cocina del Santuario, la gente llenaba alforjas; en la capilla del Monasterio, los monjes trazaban guardias; en la tienda de Kaeli, Flor de Luna fue envuelta dos veces, con mantos y con juramentos. Nadie habló de miedo. Hicieron lo que se hace cuando el mundo exige coraje: organizaron la logística del valor.
Los preparativos finales también estaban listos.
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