La mañana nació con un frío que olía a cenizas: lo que había ardido en silencio empezaba a mostrarse. San Hilar se convirtió en un corredor de voces; los monjes afilaron sus bancos, Lero organizó turnos de guardia y Maeli puso la toga como quien se arma de claridad. La audiencia final fue anunciada: el Monasterio, la plaza, y luego la capital, si hacía falta. La manada sabía que las próximas semanas serían el nudo que definiría su mundo.
—Hoy no sólo iremos a juzgar hombres —dijo Kaeli en la an