El amanecer en la capital tuvo un azul duro, de esos que no perdonan ni a los hombres ni a los papeles. La caravana entró por la puerta norte como quien trae un juramento: lenta, visible, sostenida por más testigos de los que la ciudad esperaba. Las calles estaban empedradas de miradas; las ventanas se llenaron de cuerpos y los pregoneros dejaron momentáneamente sus consignas para escuchar. Kaeli descendió del carro con la caja de Lord Miron en las manos; Daryan caminó a su lado con la guardia