La plaza olía a lluvia vieja y pan oscuro. Nadie llegó con estandartes; la gente fue llegando como quien acude a un entierro y a una fiesta al mismo tiempo: con pasos medidos, manos que guardaban promesas y miradas que examinaban al otro para saber si aún compartían historia. Kaeli apareció sin anuncio, con la capa doblada sobre el brazo y el barro aún pegado a las botas. No buscó pregonar autoridad: dejó que la vista de la piedra central hiciera el resto.
—Hoy no vengo a imponer —dijo en voz b