Capítulo 87

La mañana amaneció pálida, como si el cielo hubiera decidido no intervenir en lo que fuera a ocurrir. En la plaza del Santuario, las piedras grabadas parecían absorber la luz hasta devolver una clarividencia opaca. Gente de aldeas, capitanes de las Islas Errantes, notarios con los dedos manchados de tinta y tres emisarios venidos de la ciudad vieja formaban un semicírculo que olía a tensión y a pan frío. Al centro, sobre una mesa de madera, yacían los cofres de la Casa Almyr, las tablillas de l
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