La aurora llegó fría y seca. El Santuario olía a pino y a la tinta de pergaminos que no podrían quemar con facilidad. La plaza había quedado transformada en un tablero: mesas, testigos, gente que murmuraba nombres como si fueran piedras preciosas. Kethra desplegó mapas; Mirelle mostró rutas clandestinas; los capitanes limpiaron las manos de sal. Kaeli se puso en pie, como un faro en medio del rumor.
—Hoy —dijo— escribiremos a dónde ir. Luego iremos a buscar pruebas que no puedan reescribirse. C