El Santuario de los Nombres todavía vibraba con ecos de la noche anterior cuando la manada se reunió en torno a la piedra central. Las manos de cada uno, tiznadas por el trabajo de sellado y por la lucha, se posaron sobre la superficie fría, y los nombres recién grabados murmuraron en la lengua de quienes los habían perdido. Kaeli miró a su alrededor: el valle lucía menos frágil, pero la calma era apenas una pausa en la corriente de la guerra. Había que aprovecharla para reparar lo que el comba