Tras el polvo de la cantera y el eco largo de su triunfo, la manada regresó al anfiteatro del lago con el alba teñida de un gris suave. El siguiente paso no sería una batalla, sino un acto de fe: plantar un Santuario de los Nombres. Cada piedra del muro, cada bloque tallado, llevaría inscrito el nombre de un lobo rescatado, el juramento de un aliado o el recuerdo de quienes habían caído con dignidad. Kaeli, Daryan y los Ekhar habían acordado convertir aquel valle en un templo vivo que recordara