La hoguera en el claro del Nabel era un faro de calor y sudor, cuyas llamas formaban sombras alargadas en el interior del círculo de raíces blancas. El cielo, cubierto por nubes densas, sellaba el campamento con su manto oscuro. Solo el parpadeo de las antorchas y el brillo plateado de las esporas que flotaban en el aire ofrecían una tregua al miedo. Bajo aquella bóveda sin luna, cada respiración era un desafío, un reto a no sucumbir al silencio que la sombra llamaba “paz eterna”.
Kaeli permane