La noche se había vuelto más espesa que nunca. Las nubes cubrían el cielo como un sudario, y la luna, aunque presente, parecía temer mirar directamente a la tierra. En los pasillos de la mansión Volkov, los espejos encantados vibraban sin razón, y los lobos guardianes se negaban a cruzar ciertos umbrales.
Kaeli lo sentía.
No en la piel.
En el pecho.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
*
En las cámaras subterráneas, Elara y Selene se encontraban frente al altar de obsidiana. El círculo e