La luna se alzó esa noche con una forma distinta. No era redonda. No era creciente. Era fracturada. Como si el cielo mismo se hubiese quebrado para anunciar lo que estaba por suceder.
En la cima de la mansión Volkov, Kaeli permanecía de pie sobre la piedra del Alfa, con el colgante roto brillando como si aún estuviera entero. A su alrededor, los lobos guardianes se habían reunido sin ser convocados. Tharos, Luneth, y otros que nunca se mostraban en público. Incluso Veyra, la loba de sangre anti