El comedor quedó en un silencio espeso tras la salida de Kaeli. Las copas aún vibraban por el eco de las palabras que habían cortado más que cualquier daga ceremonial. El fuego de los candelabros parecía temblar, como si incluso la luz se sintiera incómoda.
Daryan permanecía sentado, con el rostro impasible. Selene, a su lado, sonreía con una satisfacción contenida, como quien gana una partida sin mover una sola ficha.
Lyara se levantó con brusquedad.
—¿Qué demonios fue eso, Daryan?
Él no respo