La mansión Volkov despertaba con lentitud. El aire estaba tibio, cargado de aromas florales que se colaban por los ventanales abiertos. Kaeli caminaba por el corredor principal con una ligereza nueva, como si el hechizo de protección hubiese liberado algo más que su sangre: su deseo de vivir.
Desde que regresó del bosque de Elaren, algo había cambiado. No en el mundo. En ella.
Cada vez que veía a Daryan, su cuerpo respondía con una energía distinta. No era solo respeto. No era solo admiración.