Caleb
Caleb llevaba una hora intentando decidir si besar a Nora había sido una idea excelente o una estupidez monumental.
Probablemente ambas.
—Te estás riendo solo.
Adam conducía.
Caleb miró por la ventanilla.
—No.
—Llevas diez minutos sonriendo como un idiota.
—Estoy recordando algo agradable.
—No quiero saberlo.
—Nora besa muy bien.
Adam apretó la mandíbula.
—Precisamente lo que no quería saber.
Caleb rio.
Habían dejado a las chicas en las cabañas y regresaban al pueblo.
La anciana que había