Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlba Beltrán perdió mucho más que su apellido la noche en que su marido eligió creer en unas pruebas antes que creer en ella. Acusada de traicionar a su familia y abandonada por Diego Vidal Quintana, el poderoso hombre al que amaba, Alba huyó a Nueva York con una maleta, un corazón destrozado y la certeza de que jamás volvería a necesitarlo. Dos años después, la muerte de su abuela la obliga a regresar a Madrid. Pero la casa que dejó atrás ya no parece pertenecerle. Su hermana Blanca ocupa su lugar en la familia, lleva las joyas que su abuela le prometió y se ha instalado peligrosamente cerca de Diego. Entonces el testamento revela la última jugada de su abuela: Alba deberá permanecer noventa días en Madrid y luchar por su herencia. Y el hombre encargado de supervisar parte del proceso será precisamente su exmarido. Diego sabe que perder a Alba fue el peor error de su vida. Esta vez no quiere convencerla con disculpas. Quiere demostrarle que ha aprendido a confiar en ella incluso cuando no tiene todas las respuestas. El problema es que Alba todavía lo desea. Y desear al hombre que una vez la destruyó sería mucho más fácil si él no estuviera empezando a convertirse exactamente en el hombre que ella necesitaba entonces. Mientras viejas mentiras comienzan a derrumbarse, alguien está dispuesto a hacer mucho más que manipular documentos para impedir que Alba recupere lo que le pertenece. Y cuando un segundo hombre le ofrece la clase de amor que nunca tuvo que rogar, Alba deberá decidir qué representa un peligro mayor: volver a confiar en Diego… o descubrir que nunca dejó de amarlo.
Ler maisLa primera voz que Alba Beltrán escuchó al volver a la mansión fue la de su hermana hablando de Elvira como si hubiera sido exclusivamente suya.
—Mi abuela siempre decía que una familia demuestra lo que vale cuando llegan los momentos difíciles. Alba se detuvo antes de cruzar por completo las puertas del salón principal. Había imaginado muchas veces cómo sería volver. En ninguna de esas versiones había treinta personas reunidas bajo las lámparas de cristal, una fotografía enorme de Elvira sobre la chimenea y Blanca ocupando el centro de la habitación con una copa intacta entre los dedos. Una recepción privada en memoria de su abuela. Victoria no la había mencionado en ninguno de sus mensajes. Eso tampoco la sorprendió. Su madre había conseguido convertir incluso la muerte en algo que podía organizarse con una lista de invitados. Alba dejó la maleta junto al arco de entrada. Todavía llevaba la ropa del vuelo desde Nueva York: pantalón negro, blusa crema, abrigo largo y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Había venido directamente del aeropuerto. Detenerse a cambiarse le habría parecido una forma demasiado elegante de retrasar lo inevitable. Desde donde estaba podía observar sin ser vista. Margarita Ibáñez y Cornelia Ferrer escuchaban junto a la chimenea; más atrás, patronos y abogados completaban el pequeño círculo de Elvira. Victoria permanecía a pocos pasos de Blanca, impecable de negro y con la expresión de una mujer convencida de que incluso el duelo debía comportarse correctamente delante de testigos. Gonzalo no estaba. Alba lo buscó durante unos segundos y después dejó de hacerlo. Su padre siempre había tenido una habilidad extraordinaria para desaparecer justo cuando su presencia podía obligarlo a elegir un lado. —Durante estos meses intenté cuidar lo que ella construyó —continuó Blanca—. La fundación, sus proyectos y su manera de entender nuestra responsabilidad con los demás. Alba sintió algo endurecerse bajo sus costillas. Blanca hablando de continuidad. Blanca presentándose como guardiana del legado de Elvira. Blanca delante de las mismas personas que dos años atrás habían asistido, en distintos grados de silencio, a la caída pública de su hermana. Había algo casi admirable en la seguridad con que alguien podía ocupar una historia ajena si nadie se presentaba a reclamarla. Alba había aprendido una cosa en Nueva York: para interrumpir una mentira no siempre hacía falta levantar la voz. A veces bastaba con aparecer. Estaba a punto de avanzar cuando lo vio. Diego Vidal Quintana permanecía junto a uno de los ventanales del fondo. Traje oscuro. Una mano dentro del bolsillo. La otra sosteniendo una copa que parecía no haber probado. Dos años deberían haber bastado para convertirlo en un hombre cualquiera. No lo hicieron. El cuerpo de Alba lo reconoció antes que su cabeza: una tensión breve en el estómago, el recuerdo de sus manos, de su respiración, de la manera en que se quitaba el reloj antes de dormir y lo dejaba siempre orientado hacia el mismo lado. Después llegaron las otras imágenes. La carpeta abierta entre los dos. Los correos que la hacían parecer culpable. Diego preguntándole si eran ciertos antes de preguntarle cómo estaba. Alba diciéndole que no, una vez, después otra, hasta comprender que él no buscaba una respuesta: buscaba una prueba que le permitiera creerla. Lo peor no había sido que existieran documentos capaces de incriminarla. Había sido descubrir que el hombre que dormía a su lado necesitaba menos tiempo para dudar de ella que un desconocido. Esa noche todavía podía recordar la forma en que le temblaron las manos al quitarse el anillo. Y, más humillante aún, podía recordar cuánto había deseado que Diego la detuviera. No lo hizo. Alba apartó la mirada. No había cruzado un océano para descubrir que todavía lo amaba. Eso ya lo sabía. Precisamente por eso había aprendido a mantenerlo lejos. Entonces vio la pulsera. Brillaba en la muñeca derecha de Blanca. Pequeñas hojas de diamante articuladas sobre platino. La pulsera de Elvira. Por un instante, Alba volvió a la biblioteca de años atrás, a Elvira girando la muñeca bajo la lámpara y prometiéndole que algún día sería suya. Entonces ninguna de las dos sabía cuánto podía apropiarse una familia cuando alguien dejaba de estar presente para reclamar lo suyo. Alba dio un paso. Las ruedas de la maleta chocaron suavemente contra la madera. Cornelia fue la primera en girarse. Después Margarita. Luego alguien más. El silencio avanzó por el salón hasta alcanzar a Blanca. —Continúa —dijo Alba—. No quería interrumpirte. La sonrisa de su hermana apareció de inmediato. Era buena. Pero ya no lo suficiente. —Alba. Victoria se acercó. —Pensábamos que llegabas mañana. No hubo abrazo. Alba tampoco lo esperaba. —Cambié el vuelo. —Podrías haber avisado. —Lo pensé. Dejó que su mirada recorriera el salón. —Pero parece que ustedes ya tenían suficientes cosas organizadas. Blanca apoyó la copa sobre una mesa. —Es una reunión pequeña para recordar a la abuela. —Lo escuché. La pulsera volvió a atrapar la luz. Esta vez Blanca siguió la mirada de Alba hasta su propia muñeca. —Esa pulsera era de Elvira —dijo Alba. —Mamá me la dio después del funeral. Alba miró a Victoria. —¿Tú se la diste? —Había que ordenar sus pertenencias. La naturalidad de la respuesta dolió más que los diamantes. Su familia había empezado a repartir recuerdos como si Alba también hubiera desaparecido. —Elvira me la había prometido. Victoria suspiró. —Tu abuela hizo muchos comentarios informales durante sus últimos años. —Este no fue uno de ellos. —No vamos a discutir una joya delante de invitados. Blanca intervino antes de que Alba pudiera responder. —Si de verdad significa tanto para ti, podemos revisarlo con Pradas. El tono era amable. Demasiado amable. Alba extendió la mano. —Entonces quítatela. La sonrisa de Blanca perdió calor. —¿Ahora? —La llevaste delante de todos. Puedes quitártela delante de todos. La habitación pareció encogerse. Blanca miró a Victoria. Su madre no respondió. Alba conocía aquella pausa: estaba calculando qué opción costaba menos. Fue Diego quien rompió el silencio. —Creo que Alba tiene razón. Su voz llegó desde detrás. Alba sintió el impacto antes de volverse. Diego había dejado la copa y estaba más cerca. —Hasta que Pradas confirme qué dispuso Elvira sobre sus objetos personales, lo correcto es no repartir nada que haya sido prometido expresamente a alguien. Blanca lo miró. Algo verdadero apareció entonces en su rostro. Dolor. No por la pulsera. Por él. —No sabía que esto fuera asunto de Vidal Capital —dijo Blanca. —No lo es. Diego sostuvo su mirada. —Por eso no estoy hablando como representante de Vidal. Los dedos de Blanca encontraron el cierre. Tardó unos segundos en abrirlo. Después dejó la pulsera sobre la mesa auxiliar. —Cuando Pradas diga que es tuya, será tuya. Alba la recogió. El metal todavía conservaba el calor de su hermana. —Ya era mía. No añadió nada. No hacía falta. Victoria dio por terminada la recepción pocos minutos después. Los invitados comenzaron a despedirse con una rapidez cuidadosamente disimulada. Cornelia pasó junto a Alba antes de marcharse y le apretó la mano. —Me alegra que hayas vuelto. Había algo distinto en su tono. —Tenemos que hablar. Alba asintió. —Lo haremos. Cuando el salón quedó casi vacío, Blanca desapareció hacia el ala este y Victoria se ocupó en dar instrucciones al personal. Entonces Alba quedó frente a Diego. Sin invitados suficientes para fingir que no existía. Él fue el primero en hablar. —Hola, Alba. Qué palabra tan pequeña para dos años. —Diego. Sus ojos bajaron hacia la pulsera que ella sostenía. —No sabía que Victoria se la había dado. Alba cerró la mano alrededor de la joya. —No sabías muchas cosas. —Alba... —No. —La palabra salió más áspera de lo que había planeado—. No empieces ahora a enumerar todo lo que no sabías. Hace dos años tampoco sabías si yo decía la verdad y eso no te impidió decidir. Diego quedó inmóvil. Desde que lo había visto junto a la ventana, el control no se le había quebrado así lo suficiente para que Alba reconociera dolor debajo. —Tienes razón. Había esperado una defensa. Aquellas dos palabras resultaron peores. —No me digas que tengo razón como si eso arreglara algo. —No creo que lo arregle. —Bien. La voz se le quebró apenas. Alba odió que él todavía tuviera acceso a una parte de ella que Nueva York no había conseguido cerrar. Diego dio medio paso y se detuvo antes de acercarse del todo. —No voy a pedirte que me perdones. —Entonces estamos de acuerdo en algo. Alba recogió el asa de la maleta. Pasó junto a él. Su olor la alcanzó durante un segundo, demasiado familiar para pertenecer a alguien que llevaba dos años fuera de su vida. Su cuerpo quiso detenerse. Ella no. Esa era la diferencia entre la mujer que se había ido y la que acababa de volver: seguir deseándolo ya no significaba obedecer ese deseo. Había llegado al primer peldaño cuando escuchó su voz otra vez. —Necesito hablar contigo de Elvira. Alba quedó quieta. —No aquí. —De acuerdo. Subió sin esperar nada más. Su habitación seguía en el segundo piso. La cama, el sillón y la pequeña biblioteca estaban donde los recordaba. Las fotografías habían desaparecido. Alba agradeció esa crueldad menor. Dejó la maleta y se sentó al borde de la cama. Solo entonces abrió la mano. La pulsera de Elvira descansaba sobre su palma. Durante unos segundos permitió que el dolor llegara. La voz de su abuela. Sus manos. La última llamada que Alba no había contestado porque estaba en una reunión y creyó que podría devolverla una hora después. No hubo una hora después. El teléfono vibró. Hugo Pradas. *Reunión mañana a las nueve. Traiga todo lo que Elvira le entregó antes de octubre. No hable con Victoria sin mí presente.* Alba leyó el mensaje dos veces. Después apareció otro. Diego. *Necesito decirte lo que Elvira me pidió antes de morir.* Una segunda línea llegó enseguida. *Estoy en el jardín.* Alba miró la pulsera sobre su mano. Después la ventana. Había pasado dos años aprendiendo a no regresar. Ahora tenía que decidir si estaba preparada para escuchar por qué Elvira había querido traerla de vuelta.Diego tardó menos de lo que Alba esperaba en venir a buscarla.El resto de la casa, esa noche, se sentía distinta: más silenciosa de lo habitual, como si incluso las paredes hubieran decidido contener la respiración a la espera de lo que venía. Alba había pasado la última hora en la sala de lectura, incapaz de concentrarse en nada más que en la conversación pendiente con Diego, repasando mentalmente cada palabra que planeaba decirle y descartándolas todas, una a una, por sonar demasiado suaves o demasiado duras.Ella estaba en la sala de lectura, con la media foto de boda apoyada contra el lomo de un libro, mirándola desde la distancia exacta que permite verla sin que dicte del todo cómo una se siente. A esa distancia era solo papel amarillento. A cualquier otra distancia era la prueba concreta de que dos personas podían amarse de verdad y aun así hacerse daño con un cuidado casi quirúrgico.La sala era pequeña, con dos sillones desgastados por el uso y una estantería llena de libros
Cornelia Ferrer respondió al segundo tono y no dijo hola.—Pensé que lo harías ayer por la noche —dijo, directa, sin rodeos, como siempre.—Habría sido una mala hora para las dos.La pausa que siguió era evaluación pura. Alba la conocía lo suficiente para no intentar llenarla con explicaciones innecesarias.—Bien —dijo Cornelia, finalmente—. Ya recuerdas cómo empieza una conversación útil.Alba tenía una libreta abierta frente a ella en el saloncito del ala sur, el único cuarto de la mansión donde nadie había tocado nada desde antes de que Elvira enfermara. Las flores eran viejas, ya marchitas en su jarrón, algo impensable en cualquier otro rincón de la casa. El aire era quieto. Era el único lugar de esa mansión donde la sensación de observación permanente cedía, apenas, lo suficiente para pensar con claridad.—Tu hermana me llamó ayer —dijo Cornelia—. Después de las seis.Alba anotó la hora en la libreta, con letra apretada.—¿Qué te dijo?—Que tu regreso puede alterar tiempos, perce
Eran las nueve y diez de la mañana cuando Alba llegó al despacho de Pradas y encontró la puerta ya cerrada por dentro, algo que él nunca hacía. Diego había llegado quince minutos antes que ella, algo que descubrió al entrar y encontrarlos ya inclinados sobre el escritorio, hablando en voz baja, con esa complicidad incómoda de dos hombres que habían decidido, sin consultarla, empezar a protegerla antes de que ella pudiera pedirlo.—Podrían haberme esperado —dijo, cerrando la puerta tras de sí.Diego se puso de pie.—Tienes razón.Alba entrecerró los ojos.—¿Otra vez?—Llegamos temprano porque Pradas encontró algo esta madrugada. Debí avisarte antes de entrar.Pradas levantó las cejas, pero tuvo la prudencia de no comentar.—No necesito que me pidas permiso para respirar —dijo Alba.—No. Pero sí necesito dejar de tomar decisiones que te incluyen sin incluirte.La frase hizo más ruido dentro de ella que la cerradura cuando Pradas cerró la puerta con llave.—Bien —respondió—. Entonces emp
Al día siguiente, Alba llegó temprano a las oficinas de la fundación, antes de que la mayoría del personal administrativo ocupara sus puestos, con la intención deliberada de moverse por los pasillos sin la vigilancia constante que sentía en la mansión. El acceso interno de la noche anterior había resultado ser, según Rivas, una prueba rutinaria del propio sistema que alguien había olvidado registrar en el calendario de mantenimiento. Una explicación demasiado limpia para tranquilizarla del todo. El edificio, un antiguo palacete reconvertido en oficinas en el corazón de Salamanca, tenía esa clase de silencio matutino que revelaba mucho más de una institución que cualquier reunión oficial. Los cafés a medio terminar sobre los escritorios, las luces encendidas en despachos vacíos, los pequeños hábitos de la gente que trabajaba ahí cuando creía que nadie más los observaba.Se sirvió un café solo de la máquina del pasillo, ignorando el sabor amargo, y repasó lo poco que sabía con certeza:
Último capítulo