Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de Hugo Pradas olía a papel viejo y a café recién hecho, un olor que a Alba siempre le había parecido reconfortante, como si el trabajo honesto tuviera un aroma propio que ninguna casa de mármol pudiera imitar. Llegó ocho minutos antes de la hora acordada, con la carpeta que Elvira le había entregado en secreto un mes antes de morir, sin explicarle entonces para qué serviría.
El edificio donde Pradas mantenía su oficina, en una calle estrecha cerca del centro, no tenía nada del brillo que caracterizaba a la mansión Beltrán ni a las oficinas de Vidal Capital. Paredes con estanterías hasta el techo, expedientes ordenados por año y no por importancia, una secretaria que llevaba veinte años ahí y que la saludó por su nombre de pila sin necesidad de que Alba se lo recordara. Había algo tranquilizador en ese desorden ordenado, en esa falta absoluta de teatro, después de una semana entera respirando el aire calculado de su familia. Pradas la recibió de pie, con un apretón de manos firme y la mirada de un hombre acostumbrado a evaluar a las personas en los primeros diez segundos de cualquier encuentro. La había conocido de niña, en las rodillas de Elvira, mucho antes de que Alba entendiera qué hacía justo ese hombre serio que su abuela recibía cada tercer jueves del mes. —Gracias por venir tan puntual —dijo, señalando la silla frente al escritorio—. Su abuela también odiaba la impuntualidad. Decía que llegar tarde era la forma más elegante de faltarle el respeto a alguien. Alba sonrió, a su pesar. Hacía días que no sentía algo parecido a la calma. Pradas abrió la carpeta sobre el escritorio sin preámbulos, con la eficiencia de un hombre que llevaba tres décadas sin desperdiciar palabras. —Su abuela dejó una cláusula que Victoria todavía no ha visto —dijo, ajustándose los lentes—. Durante noventa días, la coparticipación del fideicomiso principal queda repartida entre usted y Blanca, sin que ninguna de las dos pueda ser removida. Al final del plazo, el consejo vota quién se queda con el control absoluto. —¿Basándose en qué? —En quién demuestre, con hechos verificables, merecerlo. Y hay una condición adicional: ambas deben ejercer activamente sus funciones durante todo el período. Si una renuncia, abandona Madrid de forma prolongada o se niega a participar en las decisiones que le correspondan, pierde el derecho a la votación final. Alba sintió que la espalda se le tensaba. —¿Me está diciendo que tengo que quedarme aquí noventa días? —Le estoy diciendo que Elvira se aseguró de que nadie pudiera ganar por ausencia de la otra. Nueva York apareció en la cabeza de Alba como una puerta abierta: su apartamento, el estudio, el equipo que esperaba su regreso. Hasta esa mañana había pensado que Madrid sería una batalla breve. No lo era. —¿Y Vidal Capital? Pradas pasó otra página. —Conserva su asiento de supervisión financiera durante el período. El representante designado es Diego Vidal Quintana. Alba soltó el aire lentamente. Noventa días. Blanca. Victoria. Y Diego formando parte obligatoria de cada decisión importante. —Mi abuela tenía un sentido del humor bastante cruel. —Su abuela diría que era eficiente. Pradas la miró por encima de los lentes. —Elvira no dejó espacio para simpatías. Dejó espacio para pruebas. —Noventa días —repitió Alba. —Noventa. Después de eso, una de las dos perderá toda capacidad de decisión sobre el fideicomiso principal. No habrá prórroga por duelo, conflicto familiar ni investigación pendiente. Alba abrió la carpeta con manos que no temblaban tanto como esperaba. Dentro había fotografías de un edificio en obras en Nueva York, planos de restauración cuidadosamente doblados, y una nota manuscrita de su abuela, con esa letra inclinada que Alba reconocería entre mil: *Esto es lo único que construimos juntas que Blanca nunca pudo tocar. Termínalo.* —El proyecto de Nueva York —murmuró, pasando los dedos sobre la tinta como si pudiera tocar a Elvira a través del papel. —El proyecto que la mantuvo ocupada mientras estaba fuera, sí. Y el motivo, sospecho, de que su abuela confiara en usted más que en nadie más en esta familia. Alba pasó las páginas despacio, deteniéndose en una fotografía donde aparecían ella y Elvira, ambas con cascos de obra, señalando algo fuera de cuadro con la misma sonrisa exacta. No recordaba haber posado para esa foto. No recordaba, en realidad, muchas de las cosas pequeñas de esos dos años, porque había pasado tanto tiempo con la cabeza baja, trabajando, que solo ahora, en ese despacho, empezaba a entender cuánto de sí misma había reconstruido junto con ese edificio. —Elvira nunca me dijo que guardaba estas fotos. —Su abuela guardaba muchas cosas que nunca mencionaba, señorita Beltrán. Yo mismo descubrí la mitad de este archivo después de su muerte, no antes. Era una mujer que prefería actuar en silencio y dejar que los resultados hablaran cuando ya no pudieran discutírselos. —Diego me habló anoche de Serrano Advisory. ¿Le suena ese nombre? Algo en la expresión de Pradas se tensó. —Lo he visto en documentación de gobernanza de la fundación. No tengo todavía nada que justifique una acusación. Si Elvira estaba siguiendo esa empresa, quiero saber por qué. —Eso es lo que pienso averiguar. Alba cerró la carpeta despacio, sintiendo el peso de lo que acababa de recibir. —Necesito acceso completo a las cuentas de la fundación. A todas, sin excepción. —Eso llevará tiempo, señorita Beltrán. —No tengo tiempo, Pradas. Tengo noventa días. Él anotó algo en su libreta sin levantar la vista, con la caligrafía apretada de quien ha aprendido a documentar cada palabra por si algún día se convierte en evidencia. —Hay algo más que debería saber antes de que empiece a moverse. Esta mañana, antes de que usted llegara, alguien entró a este despacho. Alba se quedó inmóvil, con la carpeta todavía entre las manos. —¿Entró cómo? —Con llave. No hay señales de forcejeo, ni ventanas forzadas. Pero el archivador donde guardo los documentos de Elvira estaba dos centímetros fuera de su sitio. Yo no lo dejé así. Llevo veintidós años ordenando ese archivador de la misma manera exacta, y sé cuándo algo se ha movido. El aire del despacho se volvió más frío de lo que el aire acondicionado podía justificar por sí solo. —¿Falta algo? Pradas negó, despacio, con la mandíbula tensa. —Nada que yo pueda confirmar todavía. Y eso, señorita Beltrán, es lo que más me preocupa. Porque significa que quien entró sabía lo que buscaba, y que probablemente ya lo tiene, o que sigue buscándolo con más cuidado del que nosotros estamos usando para protegerlo. Alba guardó la carpeta en su bolso, con un gesto lento, deliberado, como si el peso del gesto pudiera anclarla a algo firme en medio de tanta incertidumbre. —Entonces empecemos hoy mismo —dijo—. Antes de que alguien vuelva a entrar y esta vez sí encuentre lo que busca. Pradas asintió y sacó una libreta nueva, todavía sin usar, de un cajón del escritorio. —Voy a necesitar que reconstruya, de memoria, cada conversación relevante que haya tenido con Elvira en el último año. Fechas aproximadas, lo que recuerde de sus palabras exactas, cualquier documento que le haya mostrado aunque fuera de pasada. Sé que es mucho pedir. —No es mucho pedir. Es lo único que puedo ofrecer con certeza absoluta. —Entonces empecemos por el principio. ¿Cuándo fue la primera vez que Elvira le habló del proyecto de Nueva York con algo más que entusiasmo, cuando empezó a sonar a estrategia? Alba cerró los ojos un momento, dejando que la memoria trabajara. La imagen le llegó completa: una tarde de otoño, dos años atrás, su abuela sentada frente a ella con una taza de té sin tocar, mirándola con una intensidad que en ese momento le había parecido excesiva. —Hace poco más de dos años —dijo, abriendo los ojos—. Justo antes de que yo me fuera. Me dijo, casi como advertencia, que algún día ese edificio iba a ser más importante de lo que yo imaginaba. No entendí entonces por qué lo decía con tanta gravedad. Pradas anotó la fecha con cuidado. —Ahora empieza a tener sentido —dijo—. Su abuela nunca hacía advertencias sin fundamento. —¿Cree que ella ya sospechaba de Blanca en ese momento? —Creo que Elvira sospechaba de la estructura completa, no solo de una persona. Por eso construyó una cláusula que no dependía de su propio juicio sobre quién era buena y quién no. Dependía de hechos verificables, que es la única moneda que no se puede fingir para siempre. Alba se quedó pensando en eso, en la inteligencia fría y protectora de su abuela, en cómo incluso desde la muerte había logrado dejarle una herramienta más útil que cualquier consuelo. El teléfono de Pradas sonó antes de que pudiera despedirse. Él contestó, escuchó dos segundos, y su rostro perdió el color habitual. —Repita eso —dijo al aparato, ya de pie. Colgó y miró a Alba con una gravedad nueva. —Era mi asistente. Alguien acaba de presentarse en la fundación pidiendo una copia certificada del testamento completo de Elvira. No es un procedimiento estándar, y no dio su nombre.






