Esa noche, Alba no pudo dormir.Se quedó despierta hasta pasada la medianoche, repasando la carpeta de Elvira sobre la cama, buscando cualquier detalle que explicara por qué alguien se había arriesgado a entrar al despacho de un abogado por apenas dos centímetros de diferencia en un archivador. A la una de la madrugada, con los ojos ardiendo de cansancio, bajó a la cocina en busca de agua y encontró la puerta del ala de servicio entreabierta.No debía estarlo. Esa puerta se cerraba siempre a las diez, sin excepción, desde que Alba tenía memoria, y el personal de servicio conocía la regla mejor que cualquier estatuto de la fundación.Se detuvo un instante, descalza sobre el suelo frío, dudando si debía despertar a alguien antes de seguir adelante. Pero algo en el silencio de la casa la empujó a avanzar sin hacer ruido. Era un silencio distinto al habitual, más contenido, y avanzó con la respiración controlada, como había aprendido a controlarla en las noches de Nueva York en que camina
Ler mais