CAPÍTULO 4

Esa noche, Alba no pudo dormir.

Se quedó despierta hasta pasada la medianoche, repasando la carpeta de Elvira sobre la cama, buscando cualquier detalle que explicara por qué alguien se había arriesgado a entrar al despacho de un abogado por apenas dos centímetros de diferencia en un archivador. A la una de la madrugada, con los ojos ardiendo de cansancio, bajó a la cocina en busca de agua y encontró la puerta del ala de servicio entreabierta.

No debía estarlo. Esa puerta se cerraba siempre a las diez, sin excepción, desde que Alba tenía memoria, y el personal de servicio conocía la regla mejor que cualquier estatuto de la fundación.

Se detuvo un instante, descalza sobre el suelo frío, dudando si debía despertar a alguien antes de seguir adelante. Pero algo en el silencio de la casa la empujó a avanzar sin hacer ruido. Era un silencio distinto al habitual, más contenido, y avanzó con la respiración controlada, como había aprendido a controlarla en las noches de Nueva York en que caminaba sola de vuelta al apartamento y cualquier sombra podía ser una amenaza real.

Avanzó despacio por el corredor a oscuras, con el pulso más alto de lo que quería admitir, la mano fría sobre la pared para orientarse. Al fondo, en el jardín de invierno donde se guardaban las herramientas de mantenimiento, una sombra se movía entre las sombras más oscuras, agachada, buscando algo con movimientos rápidos y precisos.

—¿Quién anda ahí? —dijo, con más firmeza de la que sentía en el pecho.

La sombra se detuvo en seco. Por un segundo eterno, ninguno de los dos se movió, y Alba pudo escuchar su propio corazón latiendo contra las costillas con una violencia que la sorprendió.

Entonces el hombre —porque era un hombre, alto, con una gorra oscura que le cubría la mitad del rostro— echó a correr hacia la salida de servicio. Alba, sin pensarlo, sin medir el peligro, corrió tras él hasta el jardín, justo a tiempo para verlo tropezar con una manguera enrollada junto al muro bajo que separaba la propiedad de la calle.

Se incorporó demasiado rápido para estar herido de gravedad. Antes de saltar el muro, se giró un segundo, el tiempo justo para que la luz del sensor de movimiento del patio le cayera de lleno sobre el rostro.

Alba no lo conocía. Pero memorizó cada rasgo con la exactitud desesperada de quien sabe que va a necesitarlo pronto: la mandíbula cuadrada, una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha, los ojos claros bajo la visera de la gorra.

El hombre desapareció en la oscuridad de la calle, sus pasos apagándose con una rapidez que hablaba de entrenamiento, no de improvisación.

Diego apareció detrás de ella menos de dos minutos después, alertado por el ruido, con el pelo revuelto y una linterna en la mano. Llevaba solo una camiseta y los pantalones del pijama.

—¿Qué pasó?

Le tomó los hombros antes de que Alba pudiera responder.

El cuerpo de ella se endureció.

Diego lo sintió y soltó las manos de inmediato.

Aquel movimiento, pequeño y automático, abrió una grieta inesperada. Dos años atrás él habría insistido en comprobar que estaba bien. Ahora se había detenido porque ella se lo había pedido con el cuerpo antes incluso de decir una palabra.

—Alguien estaba en el jardín de invierno —dijo Alba.

—¿Te tocó? ¿Te hizo algo?

—No llegó a acercarse.

Diego la recorrió con la mirada, buscando heridas. Cuando volvió a sus ojos, Alba vio algo que no esperaba.

Le temblaban las manos.

Muy poco. Pero le temblaban.

—Estoy bien —dijo ella.

—Lo sé.

—No parece.

Diego apretó los dedos alrededor de la linterna.

—Durante treinta segundos no sabía si estabas bien.

La frase activó un recuerdo que Alba no había invitado.

Greenwich Village. Su primera semana en Nueva York. Dos de la mañana. Ella sentada en el suelo porque todavía no había comprado sofá, con una manta alrededor de los hombros y el teléfono sobre la mesa plegable. Había escuchado un mensaje antiguo de Diego tres veces solo para recordar cómo sonaba su voz cuando todavía decía *llego en veinte minutos* y eso significaba seguridad.

Después lo había borrado.

Había llorado hasta quedarse dormida contra la pared y a las siete había ido a trabajar.

Esa había sido la parte que nadie en Madrid conocía. No que se marchó. Que durante meses tuvo que aprender a sobrevivir a la costumbre de necesitarlo.

Alba volvió al presente.

—No tienes que tocarme como si todavía tuvieras derecho —dijo.

El dolor cruzó el rostro de Diego sin defensa.

—Lo sé.

—Entonces acuérdate.

—Lo haré.

Desde que había vuelto, aquella fue la primera promesa pequeña que Alba decidió creer.

No era perdón. Pero tampoco era nada.

—Voy a llamar a seguridad de Vidal esta misma noche, no mañana. Y voy a pedir que revisen cada cámara del perímetro fotograma por fotograma.

Alba se sentó en el borde del banco de piedra del jardín, el mismo donde horas antes había hablado con Diego de reuniones secretas y sospechas a medio construir. El peso de todo lo acumulado desde su llegada en esos pocos días —el testamento, la pulsera, la cláusula, y ahora esto— la alcanzaba de golpe, sin aviso.

Diego se arrodilló frente a ella, tomándole las manos entre las suyas, que todavía conservaban el calor de la cama.

—Estás temblando.

—Estoy furiosa. No es lo mismo, aunque se parezca.

—¿Puedo quedarme aquí contigo un rato, antes de llamar a nadie?

Alba asintió, incapaz de encontrar palabras para responder algo tan simple. Se quedaron así, en silencio, mientras el jardín recuperaba su quietud habitual y el corazón de Alba, poco a poco, dejaba de golpearle contra las costillas con esa violencia que la había asustado más que el propio intruso.

—¿Crees que fue Blanca? —preguntó finalmente.

—Creo que alguien quería algo de este jardín, o de esta casa, que no está dispuesto a pedir por las buenas.

Alba miró hacia el muro donde el hombre había desaparecido, sintiendo el frío de la noche calarle hasta los huesos, y sintió algo distinto al desprecio calculado que había traído consigo desde Nueva York. Sintió miedo. Uno real, con forma concreta y con un rostro que ya no podría olvidar.

Diego levantó una mano hacia ella y se detuvo antes de tocarla. Alba sostuvo su mirada un instante y fue quien acortó la distancia. Apoyó la frente contra su pecho, dejando que el calor de su cuerpo y el latido acelerado bajo la tela fina de la camiseta la anclaran de vuelta a algo que se parecía peligrosamente a la seguridad.

Se quedaron así más tiempo del que cualquiera de los dos habría podido justificar como necesario. El jardín, a su alrededor, seguía intacto, ajeno al miedo que acababa de atravesarlo: las mismas rosas, el mismo olor a tierra húmeda, el mismo silencio que segundos antes había sido interrumpido por pasos ajenos. Alba sintió la mano de Diego subir despacio por su espalda, no con intención sino con la necesidad simple de confirmar que ella seguía entera bajo su palma.

—Deberías volver adentro —dijo él, finalmente, sin soltarla del todo—. Hace frío.

—No tengo frío.

Era mentira, y ambos lo sabían, pero ninguno de los dos hizo el gesto de separarse primero. Fue el sonido de un coche pasando por la calle, lejano pero real, lo que los devolvió al presente, recordándoles que el peligro que acababan de esquivar seguía teniendo un rostro y una dirección hacia donde había escapado.

—Mañana empezamos con las cámaras —dijo Diego, por fin apartándose lo justo para mirarla a los ojos—. Y con Rivas, si hace falta.

—Mañana —repitió Alba, sintiendo que la palabra cargaba más promesas de las que debería.

Se levantaron juntos, y antes de entrar a la casa Diego se detuvo un instante junto a la puerta del ala de servicio, revisando la cerradura con dedos cuidadosos.

—Esto no se forzó —dijo—. Alguien tenía llave, o alguien la copió.

—¿Quién más tiene acceso a esta puerta?

—Prácticamente todo el personal de servicio. Y cualquiera de la familia, incluida Blanca.

La lista de sospechosos, lejos de acortarse, parecía crecer con cada detalle nuevo que descubrían. Diego se agachó junto a la cerradura una vez más, esta vez con la linterna del teléfono, y encontró algo que Alba no había visto: una marca reciente, casi invisible, de algo metálico raspando el borde del cerrojo.

—Alguien intentó forzarla antes de usar la llave —dijo, con la voz tensa—. Como si hubiera probado dos formas de entrar antes de decidirse por la más limpia.

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