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La primera voz que Alba Beltrán escuchó al volver a la mansión fue la de su hermana hablando de Elvira como si hubiera sido exclusivamente suya.
—Mi abuela siempre decía que una familia demuestra lo que vale cuando llegan los momentos difíciles. Alba se detuvo antes de cruzar por completo las puertas del salón principal. Había imaginado muchas veces cómo sería volver. En ninguna de esas versiones había treinta personas reunidas bajo las lámparas de cristal, una fotografía enorme de Elvira sobre la chimenea y Blanca ocupando el centro de la habitación con una copa intacta entre los dedos. Una recepción privada en memoria de su abuela. Victoria no la había mencionado en ninguno de sus mensajes. Eso tampoco la sorprendió. Su madre había conseguido convertir incluso la muerte en algo que podía organizarse con una lista de invitados. Alba dejó la maleta junto al arco de entrada. Todavía llevaba la ropa del vuelo desde Nueva York: pantalón negro, blusa crema, abrigo largo y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Había venido directamente del aeropuerto. Detenerse a cambiarse le habría parecido una forma demasiado elegante de retrasar lo inevitable. Desde donde estaba podía observar sin ser vista. Margarita Ibáñez y Cornelia Ferrer escuchaban junto a la chimenea; más atrás, patronos y abogados completaban el pequeño círculo de Elvira. Victoria permanecía a pocos pasos de Blanca, impecable de negro y con la expresión de una mujer convencida de que incluso el duelo debía comportarse correctamente delante de testigos. Gonzalo no estaba. Alba lo buscó durante unos segundos y después dejó de hacerlo. Su padre siempre había tenido una habilidad extraordinaria para desaparecer justo cuando su presencia podía obligarlo a elegir un lado. —Durante estos meses intenté cuidar lo que ella construyó —continuó Blanca—. La fundación, sus proyectos y su manera de entender nuestra responsabilidad con los demás. Alba sintió algo endurecerse bajo sus costillas. Blanca hablando de continuidad. Blanca presentándose como guardiana del legado de Elvira. Blanca delante de las mismas personas que dos años atrás habían asistido, en distintos grados de silencio, a la caída pública de su hermana. Había algo casi admirable en la seguridad con que alguien podía ocupar una historia ajena si nadie se presentaba a reclamarla. Alba había aprendido una cosa en Nueva York: para interrumpir una mentira no siempre hacía falta levantar la voz. A veces bastaba con aparecer. Estaba a punto de avanzar cuando lo vio. Diego Vidal Quintana permanecía junto a uno de los ventanales del fondo. Traje oscuro. Una mano dentro del bolsillo. La otra sosteniendo una copa que parecía no haber probado. Dos años deberían haber bastado para convertirlo en un hombre cualquiera. No lo hicieron. El cuerpo de Alba lo reconoció antes que su cabeza: una tensión breve en el estómago, el recuerdo de sus manos, de su respiración, de la manera en que se quitaba el reloj antes de dormir y lo dejaba siempre orientado hacia el mismo lado. Después llegaron las otras imágenes. La carpeta abierta entre los dos. Los correos que la hacían parecer culpable. Diego preguntándole si eran ciertos antes de preguntarle cómo estaba. Alba diciéndole que no, una vez, después otra, hasta comprender que él no buscaba una respuesta: buscaba una prueba que le permitiera creerla. Lo peor no había sido que existieran documentos capaces de incriminarla. Había sido descubrir que el hombre que dormía a su lado necesitaba menos tiempo para dudar de ella que un desconocido. Esa noche todavía podía recordar la forma en que le temblaron las manos al quitarse el anillo. Y, más humillante aún, podía recordar cuánto había deseado que Diego la detuviera. No lo hizo. Alba apartó la mirada. No había cruzado un océano para descubrir que todavía lo amaba. Eso ya lo sabía. Precisamente por eso había aprendido a mantenerlo lejos. Entonces vio la pulsera. Brillaba en la muñeca derecha de Blanca. Pequeñas hojas de diamante articuladas sobre platino. La pulsera de Elvira. Por un instante, Alba volvió a la biblioteca de años atrás, a Elvira girando la muñeca bajo la lámpara y prometiéndole que algún día sería suya. Entonces ninguna de las dos sabía cuánto podía apropiarse una familia cuando alguien dejaba de estar presente para reclamar lo suyo. Alba dio un paso. Las ruedas de la maleta chocaron suavemente contra la madera. Cornelia fue la primera en girarse. Después Margarita. Luego alguien más. El silencio avanzó por el salón hasta alcanzar a Blanca. —Continúa —dijo Alba—. No quería interrumpirte. La sonrisa de su hermana apareció de inmediato. Era buena. Pero ya no lo suficiente. —Alba. Victoria se acercó. —Pensábamos que llegabas mañana. No hubo abrazo. Alba tampoco lo esperaba. —Cambié el vuelo. —Podrías haber avisado. —Lo pensé. Dejó que su mirada recorriera el salón. —Pero parece que ustedes ya tenían suficientes cosas organizadas. Blanca apoyó la copa sobre una mesa. —Es una reunión pequeña para recordar a la abuela. —Lo escuché. La pulsera volvió a atrapar la luz. Esta vez Blanca siguió la mirada de Alba hasta su propia muñeca. —Esa pulsera era de Elvira —dijo Alba. —Mamá me la dio después del funeral. Alba miró a Victoria. —¿Tú se la diste? —Había que ordenar sus pertenencias. La naturalidad de la respuesta dolió más que los diamantes. Su familia había empezado a repartir recuerdos como si Alba también hubiera desaparecido. —Elvira me la había prometido. Victoria suspiró. —Tu abuela hizo muchos comentarios informales durante sus últimos años. —Este no fue uno de ellos. —No vamos a discutir una joya delante de invitados. Blanca intervino antes de que Alba pudiera responder. —Si de verdad significa tanto para ti, podemos revisarlo con Pradas. El tono era amable. Demasiado amable. Alba extendió la mano. —Entonces quítatela. La sonrisa de Blanca perdió calor. —¿Ahora? —La llevaste delante de todos. Puedes quitártela delante de todos. La habitación pareció encogerse. Blanca miró a Victoria. Su madre no respondió. Alba conocía aquella pausa: estaba calculando qué opción costaba menos. Fue Diego quien rompió el silencio. —Creo que Alba tiene razón. Su voz llegó desde detrás. Alba sintió el impacto antes de volverse. Diego había dejado la copa y estaba más cerca. —Hasta que Pradas confirme qué dispuso Elvira sobre sus objetos personales, lo correcto es no repartir nada que haya sido prometido expresamente a alguien. Blanca lo miró. Algo verdadero apareció entonces en su rostro. Dolor. No por la pulsera. Por él. —No sabía que esto fuera asunto de Vidal Capital —dijo Blanca. —No lo es. Diego sostuvo su mirada. —Por eso no estoy hablando como representante de Vidal. Los dedos de Blanca encontraron el cierre. Tardó unos segundos en abrirlo. Después dejó la pulsera sobre la mesa auxiliar. —Cuando Pradas diga que es tuya, será tuya. Alba la recogió. El metal todavía conservaba el calor de su hermana. —Ya era mía. No añadió nada. No hacía falta. Victoria dio por terminada la recepción pocos minutos después. Los invitados comenzaron a despedirse con una rapidez cuidadosamente disimulada. Cornelia pasó junto a Alba antes de marcharse y le apretó la mano. —Me alegra que hayas vuelto. Había algo distinto en su tono. —Tenemos que hablar. Alba asintió. —Lo haremos. Cuando el salón quedó casi vacío, Blanca desapareció hacia el ala este y Victoria se ocupó en dar instrucciones al personal. Entonces Alba quedó frente a Diego. Sin invitados suficientes para fingir que no existía. Él fue el primero en hablar. —Hola, Alba. Qué palabra tan pequeña para dos años. —Diego. Sus ojos bajaron hacia la pulsera que ella sostenía. —No sabía que Victoria se la había dado. Alba cerró la mano alrededor de la joya. —No sabías muchas cosas. —Alba... —No. —La palabra salió más áspera de lo que había planeado—. No empieces ahora a enumerar todo lo que no sabías. Hace dos años tampoco sabías si yo decía la verdad y eso no te impidió decidir. Diego quedó inmóvil. Desde que lo había visto junto a la ventana, el control no se le había quebrado así lo suficiente para que Alba reconociera dolor debajo. —Tienes razón. Había esperado una defensa. Aquellas dos palabras resultaron peores. —No me digas que tengo razón como si eso arreglara algo. —No creo que lo arregle. —Bien. La voz se le quebró apenas. Alba odió que él todavía tuviera acceso a una parte de ella que Nueva York no había conseguido cerrar. Diego dio medio paso y se detuvo antes de acercarse del todo. —No voy a pedirte que me perdones. —Entonces estamos de acuerdo en algo. Alba recogió el asa de la maleta. Pasó junto a él. Su olor la alcanzó durante un segundo, demasiado familiar para pertenecer a alguien que llevaba dos años fuera de su vida. Su cuerpo quiso detenerse. Ella no. Esa era la diferencia entre la mujer que se había ido y la que acababa de volver: seguir deseándolo ya no significaba obedecer ese deseo. Había llegado al primer peldaño cuando escuchó su voz otra vez. —Necesito hablar contigo de Elvira. Alba quedó quieta. —No aquí. —De acuerdo. Subió sin esperar nada más. Su habitación seguía en el segundo piso. La cama, el sillón y la pequeña biblioteca estaban donde los recordaba. Las fotografías habían desaparecido. Alba agradeció esa crueldad menor. Dejó la maleta y se sentó al borde de la cama. Solo entonces abrió la mano. La pulsera de Elvira descansaba sobre su palma. Durante unos segundos permitió que el dolor llegara. La voz de su abuela. Sus manos. La última llamada que Alba no había contestado porque estaba en una reunión y creyó que podría devolverla una hora después. No hubo una hora después. El teléfono vibró. Hugo Pradas. *Reunión mañana a las nueve. Traiga todo lo que Elvira le entregó antes de octubre. No hable con Victoria sin mí presente.* Alba leyó el mensaje dos veces. Después apareció otro. Diego. *Necesito decirte lo que Elvira me pidió antes de morir.* Una segunda línea llegó enseguida. *Estoy en el jardín.* Alba miró la pulsera sobre su mano. Después la ventana. Había pasado dos años aprendiendo a no regresar. Ahora tenía que decidir si estaba preparada para escuchar por qué Elvira había querido traerla de vuelta.






