CAPÍTULO 6

Victoria organizó la cena para el jueves, con la excusa de "recomponer a la familia" ante el personal más cercano de la fundación. Alba supo, en cuanto vio la disposición de la mesa, con manteles de lino recién planchados y las tarjetas con los nombres escritas a mano, que no se trataba de una cena. Era una declaración de guerra servida con cristalería.

Se había preparado para la velada con más cuidado del que hubiera querido admitir, eligiendo un vestido azul oscuro que no gritaba nada pero tampoco pedía disculpas por ocupar espacio. Diego se lo había hecho notar con una mirada breve cuando se cruzaron en la escalera, una mirada que no dijo nada en voz alta pero que Alba sintió recorrerle la espalda como una mano tibia.

El comedor principal, con su araña de cristal y sus catorce sillas de respaldo alto, siempre le había parecido a Alba un escenario más que una habitación. Esa noche, con las velas ya encendidas y el servicio dispuesto con precisión militar, la sensación se intensificó hasta volverse casi física.

La sentaron al final, lejos de la cabecera, en el lugar que tradicionalmente ocupaban los invitados sin peso real en la familia. Blanca ocupó el sitio que antes le había correspondido a Alba como hija mayor, con una naturalidad tan estudiada que resultaba casi admirable.

—Un pequeño ajuste temporal —explicó Victoria, sin mirarla directamente, alisando el mantel frente a ella con un gesto que no dejaba lugar a réplicas—. Mientras se resuelve el período de coparticipación.

Diego, sentado frente a Alba, no dijo nada al respecto.

Blanca sí hizo algo.

Cuando el servicio llegó con el café previo al primer plato, apartó una taza antes de que el camarero pudiera colocarla delante de Diego.

—Sin azúcar —dijo—. Hoy ya tomaste suficiente en la oficina.

Fue un gesto mínimo. Demasiado doméstico.

Diego la miró con una incomodidad inmediata.

Alba, en cambio, sintió un tirón seco bajo las costillas.

Dos años fuera. Dos años en los que Blanca había aprendido cuánto café tomaba Diego, cuándo estaba cansado y qué taza prefería. Alba se dijo que aquello no significaba nada. La intensidad con que necesitó repetírselo demostró lo contrario.

Diego tomó la taza, pero no bebió.

—Puedo pedir mi propio café, Blanca.

El silencio duró apenas un segundo.

Para Alba fue suficiente.

Durante el resto de la cena, Diego mantuvo la vista fija en cada movimiento de Blanca con una atención que ya no podía confundirse con cercanía. Era sospecha. Y quizá también el comienzo tardío de un límite.

Los primeros veinte minutos transcurrieron en la coreografía habitual de esas cenas: comentarios sobre el clima, sobre una exposición de arte que Victoria pensaba patrocinar, sobre un primo lejano que se había mudado a Lisboa. Alba comió en silencio, observando, dejando que la conversación fluyera sin ella mientras estudiaba las alianzas invisibles de la mesa: quién miraba a quién antes de hablar, quién esperaba la aprobación de Victoria antes de reír.

—Cuéntanos, Alba —dijo Blanca, a mitad del segundo plato, con esa dulzura calculada que Alba conocía demasiado bien—. ¿Qué hiciste realmente esos dos años en Nueva York? Nunca lo aclaraste del todo, y todos aquí tenemos curiosidad.

—Trabajé. Reconstruí un edificio del siglo diecinueve piedra por piedra, con un equipo que respetaba el material original más que su propio ego. No es un misterio, Blanca. Solo no me pareció necesario reportártelo cada semana.

—Qué disciplina. —Blanca sonrió hacia el resto de la mesa, buscando complicidad en los rostros de los invitados—. Yo, en cambio, me quedé aquí sosteniendo lo que se estaba cayendo.

—Lo que se estaba cayendo no necesitaba que lo sostuvieras. Necesitaba que no lo empujaras.

El tenedor de Victoria se detuvo a medio camino hacia su boca, con un tintineo casi imperceptible contra el plato.

—Alba.

—¿Sí, madre?

—No en esta mesa.

—Entonces dime en qué mesa, porque hace tres días alguien entró a mi casa de noche y todavía nadie en esta familia me ha preguntado si estoy bien.

El silencio cayó sobre la mesa como un plato roto contra el mármol. Diego dejó la copa sobre la mesa con un cuidado excesivo que no lograba disimular la tensión visible en su mandíbula.

—¿Qué intruso? —preguntó Gonzalo, la primera intervención de su padre en toda la cena, con la voz de un hombre que acaba de darse cuenta de que llevaba días desconectado de lo que sucedía bajo su propio techo.

—El que las cámaras grabaron entrando por el ala de servicio. El que tenía acceso, de algún modo, a los ángulos muertos del sistema de seguridad.

Blanca no dijo nada. Pero por un instante, brevísimo, apenas un parpadeo mal disimulado, la máscara se le movió de un modo que solo Alba, entrenada desde la infancia a leer cada gesto de su hermana, alcanzó a capturar antes de que desapareciera.

Lo que cruzó su rostro fue cálculo puro, el gesto de alguien reajustando un plan en tiempo real.

—Deberíamos hablar de esto en privado, no en la mesa —dijo Victoria, con la voz tensa bajo el barniz de calma social.

—Ya lo intenté en privado, madre. Nadie tuvo tiempo para escucharme entonces.

Gonzalo carraspeó, incómodo, mirando a su esposa como esperando una señal de qué decir. No la recibió.

—Voy a pedir que refuercen la seguridad esta misma semana —dijo finalmente, con la torpeza de un hombre que llevaba demasiado tiempo delegando decisiones que le correspondían a él.

—Ya está gestionado —respondió Diego, sin apartar la vista de Blanca—. Vidal Capital está cubriendo el costo mientras se resuelve la investigación. Cámaras nuevas, personal adicional durante las noches, y una revisión completa de cada credencial de acceso al perímetro.

—Qué eficiente —dijo Blanca, con una ligereza forzada—. Casi como si lo hubieras planeado con antelación.

—Lo planeé apenas terminó de correr el hombre que entró a esta casa, Blanca. No antes.

—No hacía falta que te involucraras, Diego —dijo Blanca, con una ligereza que no lograba disimular del todo la tensión debajo—. Esto es un asunto de la familia Beltrán.

—Sigo siendo parte del consejo de la fundación, Blanca. Y anoche alguien entró a una casa donde duerme una persona que me importa. Eso lo vuelve mi asunto también.

Alba dejó el tenedor.

*Una persona que me importa.*

No *mi exmujer*. No *una coparticipante*. Tampoco una frase lo bastante ambigua para que Blanca pudiera apropiársela.

Diego la miró directamente al terminar.

Alba sostuvo la mirada solo un instante. Por dentro, algo había reaccionado con una violencia que no tenía derecho a sentir después de dos años.

La frase le abrió una grieta que prefería mantener cerrada. Una parte de ella seguía esperando que Diego eligiera bien, aunque llegara dos años tarde.

El silencio que siguió tenía un peso distinto al de antes, más incómodo, más cargado de las cosas que nadie en esa mesa estaba dispuesto a nombrar en voz alta todavía. Alba observó a Blanca recomponer la sonrisa con un esfuerzo casi imperceptible, y supo, con una certeza fría, que la guerra acababa de dejar de ser silenciosa.

El postre llegó y se retiró casi sin que nadie lo tocara. Cuando por fin los invitados empezaron a levantarse, Victoria se acercó a Alba con el paso mesurado de quien ha decidido cerrar la noche con las últimas cartas que le quedan.

—No vuelvas a exponer a esta familia así en público —dijo, en voz baja, solo para ella.

—No expuse nada que no fuera cierto, madre. Si te preocupa la exposición, deberías preguntarte por qué hay un intruso al que investigar en primer lugar.

Victoria no respondió. Simplemente se dio la vuelta y se alejó hacia el salón, dejando a Alba sola frente a la mesa vacía, con la certeza incómoda de que esa cena, lejos de recomponer nada, había terminado de trazar las líneas de un conflicto que ya no tenía marcha atrás.

Diego se acercó por detrás, tan silencioso que Alba no lo notó hasta que habló.

—Lo hiciste bien —dijo—. Nadie en esta mesa va a poder decir después que no lo advertiste con tiempo.

—No busco que me crean el mérito, Diego. Busco que dejen de fingir que no pasa nada mientras alguien entra a mi casa de noche.

—Lo sé. Y por eso mismo voy a estar aquí mañana a primera hora, con o sin invitación de Victoria.

Alba iba a responder cuando el teléfono de Diego vibró sobre la mesa. Lo giró para leerlo y su expresión cambió de golpe.

—Es de Rivas —dijo, mostrándole la pantalla—. Alguien accedió al sistema de seguridad hace diez minutos, desde dentro de la casa.

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